– Dígame…
– ¡Felicidades!
– Gracias “xatet”. On estàs?
– En Valencia, con lo del Blasco
– Molt bé. Ves con cuidado.
– Sí, sí. Te quiero

Y así habría sido este 28 de mayo. Ahora no queda más que continuar. No hay otra cosa que hacer que actuar con los valores que heredé, no s’hereten sols bancals. Ser padre, ser marido, ser hermano, ser tío, ser hijo, de la misma manera que él lo fue. Ser paciente, ser amigo, ser tolerante, trabajador, consecuente, sonreír, poner ganas…
La vida me lleva hacia adelante, con un pelotón de familia y amigos, liderado por mi hija tirando con ganas y fuerza.
Sigo teniendo su opinión con respecto a cualquier tema. No puedo discutir respecto a nada pero sé perfectamente cual sería su opinión de casi todo e incluso cuales serían sus palabras. Le sigo consultando.
Alguna vez, cuando me suceden esas cosas típicas de comentar con un padre, la inercia de la rutina me sorprende con el teléfono en la mano en disposición de ello. Y es ahí cuando más me duele la hostia más grande que me ha dado la vida hasta el momento. No hay analgésico posible para ese dolor más que esperar que el tiempo cure un mal que se me antoja crónico.
Sé quien soy y sé quien fue. Se qué quiero ser y qué quería que fuese. Ahora sigo mi camino que una vez fue el mismo que el suyo. El llegó. Otros seguimos caminando. Podemos echar la vista atrás, mirar el río y la valle, y congratularnos que, aunque menos de lo esperado, pudimos tenerle. En mi caso como PADRE.

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