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Sólo tenía un año y medio cuando le dí un azote más cargado de cariño que de fuerza. Entre el pañal y que yo, por supuesto no quería hacerle daño, me pareció haber hecho el ridículo en el comedor de mi casa. Sólo ante mi hija y yo mismo, nadie más había. Sin embargo supo interpretar que era un azote, ni la mitad de fuerte que el que ella me dió a mi al decirme: “Papi, no se pega” mirándome con la misma expresión que yo ponía al decirle eso mismo. Ella no pegaba más que lo necesario para experimentar.
Cuando me dijo eso de “Papi, no se pega” sólo pude mirarla por unos segundos. Aún no sé que cara puse. Me agaché delante de ella y le contesté: “No te preocupes,  cariño, que nunca en la vida más te voy a tocar un pelo… ni te voy gritar.”. Ella no entendió nada o eso creo. Pero yo lo dije sinceramente.
¿El motivo de ese primer ridículo último azote? Mi hija salía corriendo a la primera de cambio. Sin pensar en los coches ni en peligro alguno. En casa no había peligro pero en la calle sí. Por supuesto su madre y yo teníamos claro que es un comportamiento totalmente normal, pero que teniamos que corregir por el peligro que conlleva. Ese día se me escapó en casa, salió corriendo de su habitación hasta el salón en cuanto le dije “Ven”. De ahí que yo le diese ese ridículo azote buscando enseñarle que no estaba bien salir corriendo, haciendo exactamente lo contrario de lo que te dicen.
Ese día empecé a ser padre. No cuando cambié el primer pañal o le dí el biberón. Ese día. El diálogo es lo único que tengo y necesito como instrumento para conseguir que aprenda y educarla. Cuando hace algo con lo que estoy en desacuerdo se lo hago saber, hablando, con normalidad. Cuando me cuenta que en el cole un nene pega y la otra nena le hace no sé el que a otra le comento mi opinión, lo más clara posible. Intento ponerla en la piel de todas partes, incluso de la del nene que pega. Y ella lo intenta. Y me comenta sus conclusiones. Y yo las mías.
Y todo porque ese día me dijo “Papi, no se pega”. Ahora tiene cuatro años. Todo sigue igual. Se porta genial. La ves con sus amigos y todo lo intenta siempre con el diálogo. No pega y no le pegan. Negocia absolutamente todo desde el respeto. No se conforma con un “porque sí” de nadie, saca conclusiones propias de todo (la mayoría asustan por lo acertadas), es capaz de ponerse en la piel de sus compañeros, de comprender que su abuela no la puede llevar al brazo o que todos los días no se pueden comprar chucherías.
Mk experiencia es que con los niños no se puede ser más severo de lo que su condición de niños permite. Ante todo son eso: niños. Su mayor intención es siempre divertirse. No tienen experiencia, todo es nuevo para ellos. Si les gritas o les pegas la única conclusión que pueden sacar, y fácilmente, es que con la violencia se consigue todo. Y en realidad eso no es más que la ley de la selva, esa que a todos nos parece injusta cuando se nos aplica.
Los niños son pequeños pero no tontos. Sólo les falta experiencia, la que tú tienes.

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