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Hoy, casualidades de la vida, en una cena de primos me he encontrado varias fotos en papel. Me he dado cuenta que algunos de mis primos no podrán nunca sentir una cosa así. Eso que te entra cuando encuentras una foto que hiciste o te hicieron 15 años atrás.
Este huracán de nuevas tecnologías que tenemos encima se está llevando cosas cuyo valor pasaba desapercibido de las que luego nos arrepentiremos. Son pequeños rituales que iban ligados a tareas de la vida cotidiana y que alguien disfrazó de problemas. Poner un vinilo, llevar un carrete a revelar, fregar entre dos, esperar la cafetera…
En todas estas acciones rutinarias había otras que eran intrínsecas e indirectas que han caído con el progreso. Al fregar entre dos, codo con codo delante del fregadero, se establecía un contacto parecido al confesionario. En ocasiones una ocasión para despellejar a cualquiera de la mesa, en otras una charla buscando la intimidad del fregadero, dando la espalda a todos y todo. Pero llegó el lavavajillas.
Para escuchar música, agarrabas el vinilo como el que lleva una botella de nitroglicerina, amenazado por los rayajos y los dedazos. Y la aguja, antes de pincharlo comprobación de pulso. Luego, con el cuidado con el que un cirujano realiza una incisión, dejabas caer la aguja sobre el disco. Un proceso que te llevaba a valorar o tal vez a aburrir la música, que hacia de filtro entre los verdaderos melómanos y los “modernitos” que ponían música sólo para presumir de equipo HI-FI. Pero llegó el cd, y el mp3.
Los carretes, las fotos y la copias, un jaleo Gracias a depender de un negativo, delicado, difícil de copiar, en poder de una sola persona, todo ganaba en valor. Una copia de una foto era un buen detalle para con cualquiera. Porque si no era así, no había manera. No había mail, Facebook, ni JPG, nada. Sólo alguien que tenía el negativo y con éste el poder. Los demás copias. ¿Quién se atreve a tirar una foto? Eso era imposible. Las fotos en papel tenian un valor tal que prácticamente nadie se atrevía ni se atreve a deshacerse de una. Quizá porque aunque algunos intenten demostrar lo contrario, todos sabemos que el tiempo pasa. Que tarde o pronto tu tiempo aquí es limitado. Que cuando alguien se va, sólo quedan sus recuerdos y sus fotos. Que una imagen vale más que mil palabras. Encontrarse fotos por los cajones o entre libros no es difícil porque nadie se atreve a tirarlas. Pero llegó la fotografía digital.
Es inútil luchar contra contra el progreso y no lo intento. Pero resalto esa pequeñas cosas, esas que nos hacían más sociables, esas que te hacían valorar los discos, las fotos, las cintas de cassette…
Las fotos en papel siguen existiendo y siempre lo harán. Imprimir fotos, regalarlas, repartirlas. Las que os aperezca. Un día, dentro de 15 años, alguna persona a la que le regalaste la foto la encontrará entre papeles, o en un traslado. Y recordará ese momento en que le regalaste la foto 15 años antes. Revivirá el momento de la foto, esbozará una sonrisa o le caerá una lágrima. Con más emoción que el día en el que le regalaste la foto. Y se acordará que se la diste tú, seguro.

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